El inspector-jefe Botinelli en... No sabe / No contesta.
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1 a.m. El oscuro y solemne despacho vibra de repente en do mayor. Es el teléfono violeta del inspector-jefe Botinelli, que atiende averiado. Una voz de vieja convulsiva lo deporta de la calma y acto seguido lo atormenta con cancionetas sobre un probable crimen hecho con manteca. Otra vez la misma historia, masculla Botinelli mientras enciende el cenicero y se pone a recordar penales atajados. La vieja le dice que está en el patio de una plaza, donde el muerto la sigue mirando hambriento y sin haber perdido aún ni un pelo. Botinelli rasguea la dirección en su mano, sobre la línea de la vida, y luego de bañarse y tomarse dos cafés livianos, sale como un rayo hacia el desconsolado rincón donde otra vez la violencia y la muerte lo estarán esperando con los dientes podridos.
Pero hete aquí que cuando llega al lugar de los hechos se encuentra, entre el cadáver tembloroso y un ceibo en flor, a una ferviente y perentoria dama de la estirpe de Anita Ekberg, con la pollera más arrugada del mundo y unos borceguíes de lana. No puede ser, masculla Botinelli, porque no entiende que ésta sea la mujer del llamado, pero efectivamente, cuando ella lo ve, se abalanza sobre él del modo más sensual y le dice defiéndeme con voz de vieja convulsiva. Botinelli retrocede, se escuda con su birome mágica mientras piensa qué debe hacer en ese gran momento: cómo defenderla, cómo investigar el crimen, cómo entender aquella voz, hasta que un disparo proveniente de una higuera lo devuelve a la cruda realidad y ve llegar desde otro extremo de la plaza a una señora compungida, evidentemente la esposa del difunto.
Se saludan las dos mujeres, la compungida se arrodilla en el pasto congelado y besa los borceguíes de Anita, que le responde con una patada en la cara y luego con una caricia en la nariz llena de sangre. Botinelli se rasca la cabeza, mientras Anita se arrodilla también y lame la sangre que cae de la nariz de la compungida, que entonces ya deja de parecer tan compungida y lame a su vez la cara de Anita, y así las dos mujeres sonrientes bañan sus rostros en saliva, se escupen en un ojo y en el otro, se abrazan y meten las manos por debajo de las polleras. Ese es sólo el comienzo, y de más está decir que mientras
Botinelli quiere confirmar el estado fatal del cadáver, su bragueta sufre un atroz despertar que no hay cadáver que lo detenga, y para qué te cuento, si Anita y la compungida se acarician las nalgas con una mano y se dan cachetazos con la otra, se muerden la oreja y todas esas cosas. Botinelli se acerca fingiendo ante sus lectores que quiere separarlas, pero ya todos conocemos al inspector-jefe y no nos engaña más, lo cierto es que quiere pertrecharse una soberbia manoseada desde un buen ángulo, sobre todo cuando ve que Anita se levanta y ata su larga cabellera rubia al pelo de la compungida, giran amarradas de las cabezas y se ponen de espaldas, y luego frotan entre sí las nalgas hasta que las polleras se agrietan y ellas pierden la sensibilidad de sus culos redondos, bien golosos, que Botinelli dibuja en su mano para obtener mejores resultados.
Las mujeres siguen chocando sus culos y se agarran de las tetas, así de espaldas como están, sin parar de gemir, hasta que el muerto se despierta y ahí sí que se arma la gorda, porque parece que el muerto era amigo de las dos y ahora ellas se empiezan a pelear, enlazadas como están, y se encajan tacazos en los muslos o se comprimen los pezones hasta hacer saltar leche a la cara del difunto, que bebe sorprendido y opina que le falta azúcar. Tal revelación enerva a las mujeres, que de pronto lo miran con desprecio y juran venganza eterna, entonces es cuando Botinelli debe interrumpir sus trámites y salta desde la oscuridad con un brazo en alto y la espada de juguete, para hacer reinar la paz en ese conventillo de poca monta.
Lo que no intuye Botinelli es que Anita no se acobarda y comienza a caminar hasta él, arrastrando a la compungida que va tropezando marcha atrás, revolviendo los calores y juzgándose potrilla juguetona frente al muerto, que le gusta la idea y con una pañoleta sujetada en la entrepierna corre como si estuviera arriba de un caballo, dando vueltas en ochos alrededor de las mujeres y de Botinelli. El inspector-jefe tose, deplora los deberes de funcionario público y cuando Anita se acerca con un pezón asomando de la blusa, dice alto ahí, lo cual excita enormemente a Anita que tira más y más de la feliz y mojada compungida. Botinelli trata de escapar pero ya es tarde, Anita lo toma del pescuezo y con un tirón salvaje y suave lo mete debajo de su pollera, floripondio de todos los parques y potrillos inventados.
Ya casi amanece, y lo único que se escucha tras dos horas de fricciones desiguales es el estallido de Botinelli debajo de la otra pollera, luego un estornudo y la voz horrible de Anita que se corta las mechas y emprende la huida. Botinelli queda cara a cara con la compungida, piensa en arrestarla pero la deja marcharse con la bombacha torcida. Luego se acomoda el frac y ve al muerto que sigue saltando a lo lejos entre los arbustos. Todo ha sido solucionado, el sol inunda los prados y el mundo vuelve a girar tranquilo y satisfecho. Ay caray, masculla Botinelli.




marta drooker dijo
Rigoletto, disculpe, aún no leí completo esto de Botinelli y Anita. Lo que pasa es que un ojo se me fue a la derecha y vi que entre sus lecturas está el gran Jack. Bueno, al menos para mí. Kerouac y Gregory Corso y algunos otros de la generación beat no son usualmente leídos, salvo porque queda chic, te da charme, y te hace lector de culto. Pero viniendo de su joroba, se que no es así. Nuestra relación se hace más estrecha. Para mí es como haber dormido con usted. Y con su otro yo. Un menage a trois literario. Fa!
13 Junio 2007 | 01:09 PM