Ojo con los juegos
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Si bien el juego es concebido habitualmente como un instrumento de diversión o de aprendizaje, quisiera resaltar aquí el carácter siniestro que muchas veces se esconde tras esos nobles propósitos.
El juego es, a grandes rasgos, un ambiente de fantasía dentro de cuyas coordenadas espacio-temporales las reglas ordinarias que gobiernan el mundo se suspenden y cobran preponderancia otras, propias de cada constelación lúdica. Hay un alejamiento del orden social establecido, e incluso muchas veces las reglas del juego se oponen a lo socialmente correcto. Si en los países civilizados, por ejemplo, el engaño o el crimen son perseguidos, dentro de muchos juegos son en cambio prescriptos.
A este extrañamiento de lo social se suma otra característica, que es la restricción arbitraria de las acciones posibles. El mundo del juego es casi siempre un mundo pequeño, acotado, previsible. Lo realizable se encuentra limitado a un conjunto de movimientos o respuestas ajustadas a las normas. En efecto, cada juego puede caracterizarse por las restricciones propias que plantea. No respetar estas restricciones se denomina "hacer trampa", y si bien en ocasiones este método puede servir a algún participante a obtener ventaja sobre el otro, no es menos cierto que la trampa sólo puede hacerse teniendo en cuenta las reglas y sacando provecho de ellas por caminos aledaños. Una trampa perpetua, en cambio, deja de ser tal, haciendo perder al juego su esencia.
Otro aspecto a destacar de los juegos, que viene a ser el principal, es que las acciones adquieren un valor simbólico. Se puede, por ejemplo, matar al oponente moviendo una pieza o arrojando una carta. Se puede también adquirir riquezas, realizar largos viajes, dirigir ejércitos o volar tan sólo con algún tablero o muñeco o escoba a mano. Las acciones están envueltas en un "como si" que lleva a hacer de cuenta que son reales, pero a no creerlas por completo.
El carácter siniestro del juego emerge cuando se piensa en la posibilidad, bien concreta por estos días, de que el valor simbólico de las acciones se debilite, y que lo actuado se acerque peligrosamente a lo real. Porque mientras en su uso habitual el juego sirve como diversión y como alejamiento de ciertas ataduras sociales, si misteriosamente un día toma carácter de realidad, la primera sensación será de perplejidad y luego de atrapamiento.
Podemos pensar en el terror que se siente al verse uno repentinamente tomado por el juego. De un momento a otro, la realidad cotidiana se trastoca y de modo inefable nos vemos trasladados, sin habernos movido ni un paso, a otra configuración donde nuestra vida depende de las leyes restringidas y mórbidas del universo lúdico.
De esta manera, cada partido de truco conlleva el peligro de quedar encarcelado en ese mundo imaginario, en el que la suerte es decidida por tres cartas y mentiras y gestos hechos al pasar. Verse atrapado en el ajedrez transforma nuestra vida en una batalla impiadosa y sangrienta. Quedar presos en las escondidas nos obliga a ocultarnos de por vida en rincones oxidados y oscuros. Sin mencionar el infierno del scrabble, que nos arroja a un territorio donde el lenguaje, los significados y las emociones se entrelazan de modo absurdo y caótico.
Estas consideraciones nos llevan a repensar la trascendencia que implica el hecho de ganar o perder. Hay quienes ya en los inocentes juegos de domingo por la tarde en familia parecen estar dejando su vida por un punto más. ¿Qué será entonces de quien ve atrapada su existencia toda dentro de un juego?. Son muchas las respuestas posibles: algunos ortodoxos afirman que, en ese caso, la victoria equivale a la gloria y al reconocimiento, mientras que la derrota no es otra cosa que el fracaso y la desdicha. Otros opinan que ganar significa amar. Por fin, unos pocos disidentes creen que, si el juego es la vida, en verdad no hay demasiada diferencia entre triunfantes y perdedores. Los términos se vuelven ambiguos, lo que para algunos es ganar para otros es perder, y, sobre todo, sólo puede afirmarse que el juego se nos terminará un día y que, como ocurre con todo pasatiempo, nadie recordará luego sus avatares.
Aún a especulaciones más desconcertantes nos llevan ciertos juegos que ya poseen por sí mismos esta falta de discriminación entre lo simbólico y lo real. Estoy hablando de la ruleta rusa, o ciertos juegos de rol, que no es extraño que se hayan convertido en un tabú tan atrayente y temido. En el caso específico de la ruleta rusa, juego capturador por excelencia, su cualidad más perturbadora es que muestra cruelmente la indistinción entre vida y juego. De hecho, sin temor a juegos de palabras, puede afirmarse que lo que allí está en juego es la vida. Pero no es la única indistinción que plantea, puesto que también agrega más confusión en cuanto a los conceptos de ganar y perder. El jugador habitual de ruleta rusa -cuya esperanza de vida es obviamente escasa- casi nunca sabe si en verdad debe festejar o deprimirse en ocasión de salvarse. Sobrevivir parece a primera vista un hecho afortunado, sin embargo el hombre que se embarca en ese riesgo es porque de algún modo fue tentado por la muerte. Por otra parte, el que muere, vencedor o vencido, tiene en todo caso poca oportunidad para disfrutar o sufrir con el resultado. Por si esto fuera poco, la ruleta rusa tiene la particularidad de suscitar en sus aficionados y jugadores toda clase de meditaciones metafísicas, en especial aquellas relacionadas con la idea de destino y con el desarrollo de una teoría cuántica sobre la vida y la muerte.
Roque Pardo, poeta uruguayo adepto a dicho juego, es un caso destacable en la Historia Lúdica Universal, dado que llevó las reflexiones anteriores a extremos insospechados cuando, el 23 de marzo de 1998, practicó la ruleta rusa con cebitas. A través de su experiencia dio un nuevo giro a las discusiones filosóficas sobre el juego, volviendo simbólica una práctica que había alcanzado la fama justamente por lo opuesto, y poniendo por lo tanto en duda las consideraciones vertidas en los párrafos anteriores. Por otra parte, en la actualidad lleva adelante una campaña nacional para que todos los juegos conserven su originaria condición de divertimento, no sabemos aún con qué fortuna.
Mientras tanto, a nivel global la población sigue poco enterada del peligro que entrañan los juegos de hoy, transformados en entidades metafísicas enemigas de la frágil y nunca bien ponderada realidad. El presente ensayo ha constituido un esfuerzo por advertir sobre sus riesgosas implicancias.




palabras-en-el-aire dijo
Interesante!
He venido como jugando, desde mi otro blog (compartido) a invitaros a escucharnos en el aire, todos los martes de 21.30 a 22 a través del siguiente vínculo
www.paysandu.com/radiofelicidad
media hora de poesía y otras letras, como para soñar un rato
ó
enlazar de amigo a PALABRAS EN EL AIRE, porque cada programa será posteado (para escuchar) martes a martes
un besoooooooooo
7 Junio 2007 | 10:43 PM