Viaje de Tigre a Carmelo
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Venecia de los bajos fondos. Barcos que defecan delante de los turistas. Dos aves sobrevuelan el asfalto líquido, preguntándose qué hay de almuerzo.
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Desde la lancha, asomo un brazo y me sirvo una taza de chocolatada. Se enciende el motor, que hace temblar a los asientos como infundiéndoles miedo. A un lado, los astilleros, al otro, una gran vuelta al mundo que amenaza con salir rodando.
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La mujer de enfrente se sirve un café danzante. El chico de adelante mira el paisaje, y de repente el río le escupe en la cara.
Los árboles echan a patadas a los postes de luz. Sus ramas se enroscan a las nubes como a una pérgola. Los juncos tejen la alfombra de un gigante. A un costado, la Isla del Tesoro.
El paisaje es un viejo aburrido que cuenta siempre la misma historia. Los asientos duros declaran la guerra a los culos, y los dejan aplastados. La boya número cincuenta y uno dice presente.
Ahora, el río de la Plata. Vanidoso, exagera una vez más su anchura. Sus miles de tetas efímeras ondulan, bronceadas por el sol.
Al llegar a Carmelo, el muelle se lanza como un torpedo contra la embarcación, que apenas logra esquivarlo. El yacht club brinda una obscena exposición de barcos con sus proas erectas, vigiladas por una comunidad de faroles siameses.
¡El puerto! ¡El puerto! Mis anteojos se encienden y proyectan en matineé de gala: “Mariana, la cangura, saltando de amor”.
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Imagen: Fermín Eguía, "Sin título", 1998.




flor_deloto dijo
Hola Jorobadito, me permites acompañarte en tu viaje de regreso? Cambiaríamos el repetido y capicúa paisaje del vanidoso río por otros ríos más verdes y cristalinos que saldrían de tu bolsillo lleno de 'haikus' sin estrenar. Ya he comprado los pasajes..... te van en un vuelo fugaz de aquí a allá!
2 Mayo 2007 | 01:02 AM