Roque Pardo soñó un milagro
Roque Pardo soñó un milagro. Estando de visita en casa de su tía Ramona, fue al baño y, mientras se lavaba las manos, el cepillo de dientes de la tía emitió una chispa, un sonido de campanita, y mutó repentinamente a la forma de un frasco vacío de perfume.
El evento causó una fuerte conmoción en Roque. Conocida fue siempre su fama de ateo, de escéptico incorregible. En las reuniones de amigos solía aguar las anécdotas de sucesos paranormales con entreveradas interpretaciones científicas de los portentos narrados. Durante su infancia juzgó antes que nadie de fantoche al ratón Pérez, y jamás permitió que le curaran el mal de ojo. Era, eso sí, un hombre justo dentro de su incredulidad: descreía por igual de toda clase de prodigio, desdeñaba a Cristo tanto como a Sueiro, a David Copperfield tanto como al mago Emanuel.
En el sueño que hoy nos ocupa, Pardo estaba particularmente consciente de sus convicciones sobre el tema. Pero no había nada que hacerle: no había sido una ilusión perceptiva. La misma doña Ramona corroboró el fenómeno*. Se trataba, sin lugar a dudas, de un milagro.
Volvió cabizbajo hasta su casa, envuelto en crepúsculo. Los árboles agitaban sus ramas dentro o tal vez fuera ya del sueño. Lo último que vio Roque antes de abrir los ojos fue, agazapada en un portal, la figura de su padre tras el disfraz de Papá Noel.
* E incluso culpó a Roque y lo conminó a comprarle un nuevo cepillo.

