Roque Pardo soñó que era lobizón
Roque Pardo soñó que era lobizón. Una nublada tarde de verano, entre mates y programas de tevé, se sorprendió al notar que los pelos de sus piernas se tornaban lacios y tupidos. En los brazos tenía lugar un proceso semejante. Se tocó la cara y comprobó que la rigurosa afeitada de la mañana había sido en vano.
Confundido, lo primero que atinó a imaginar fue que, dados los treinta y dos grados que el noticiero mencionaba, iría a morir de calor. Sin embargo, no sudaba y se sentía fresco. Sorbió otro mate, buscó serenidad. Barajó decenas de pensamientos. Miró la pared y finalmente supo, de un modo sencillo y categórico, que se había convertido en lobo.
Notó que era hijo único y que no había luna, pero desestimó esos detalles. Un verdadero lobizón, se dijo, logra transformarse en cualquier momento. Su cuerpo era ahora ágil, liviano. Poco a poco sus temores habían ido desapareciendo y lo fue poblando la confianza y el orgullo. Se levantó de la silla; aún caminaba erguido. Buscó un espejo para apreciarse, pero no había espejos en la casa. Volvió entonces a la cocina, apagó el televisor. Frotó su brazo a contrapelo y sintió un breve escalofrío de felicidad.


MARIA dijo
ME GUSTO ........SOS BUENO
29 Noviembre 2006 | 02:50 AM