El Perro sin nombre
Con sorpresa, increpé a Doña Lir: “¿con qué clase de esmerilados propósitos aplicará semejante insecto? ¿Acaso fagocita palúdicas certezas?”. A lo que la vieja bruja nada contestó. Se limitó a blandir el puño cerrado, conteniendo el bichito de luz, que comenzaba a irradiar una luz cada vez más abstracta, mientras ella emitía una especie de rezo ungulado. Realmente comencé a alarmarme cuando los ojos de la anciana quedaron en blanco, pero mayor fue mi pavor cuando el perrito comenzó a expulsar crepitante espuma por la boca, mientras se arqueaba y tosía, sin azúcar. De pronto, la luz que emergía del bichito de luz encerrado en la mano de Doña Lir, se transformó en un insomne rayo que invadió toda la pieza. Un aullido azulado, venido de ninguna parte, me aturdió. Allí mismo perdí el conocimiento.
“De tanto esperar camellos, ha claudicado en la última oración, jovencito”. Esas fueron las primeras palabras que escuché de Doña Lir, cuando desperté de aquel mercenario desmayo. Estaba tendido en una cama de sábanas gastadas pero trémulas, mientras una corriente de aire despoblado me acariciaba la cara. De pronto, recordé todo lo sucedido y me incorporé de un salto, buscando al perrito. Unos ladridos eléctricos me guiaron hacia el patio, donde el animal correteaba a las descreídas gallinas. Al verme, se acercó moviendo la cola. Me alegró taxativamente su sonoro equilibrio al andar. Le tendí los brazos, dejando mi cara al alcance de su perpetua lengua, mientras la hechicera nos miraba con una delgada sonrisa en los ojos. Quise agradecerle con las palabras más telúricas que encontré, pero sabía que ella sólo aceptaría las catorce desgranadoras que acostumbraba recibir como pago.
Prometiendo volver al día siguiente con las desgranadoras, salí a la calle con el animal en altanero estado de salud. Empecé a caminar hacia mi casa, esperando que me siguiera, pero noté que no se movía de su sitio. Al mirar hacia atrás vi los ojos del animal clavados con benevolencia en los míos. Me volví y deposité una mano sobre la cabecita del bicho, que me dedicó un ladrido traslúcido. Acto seguido, dio media vuelta y salió corriendo en sentido contrario.
Quedé pensando en la absurda diáspora de sucesos que, emergentes de la nada, nos habían unido por unas horas. Sentí entonces una mezcla de melancolía e incrédula ternura. Antes de cerrar la puerta de mi casa, provenientes del patio lindero, escuché unas esmirriadas palabras: “Corazones sin tierra galopan en el vacío”.
FIN


locaporlaluna dijo
Excelente, la idea de relacionarnos con los animales en desapego es mi preferida (con los humanos también, por eso a veces soy tan bruja)
Quedé pensando...¿cómo sonará un rezo ungulado?
usté tiene cada cosa, Rigoletto...
6 Octubre 2006 | 12:09 AM