Anselmo
Sorprendido y espiralado por el cariz que tomaba la sesión, volví a darle crédito a las maniobras de Doña Lir. A tal punto que no contorneé cuando me ordenó que abriera las mandíbulas del perrito. Ella entonces acercó sus manos a la boca abierta del animal y soltó el bichito de luz, rescoldándome en seguida con un grito para que le cerrara la boca otra vez. El pobrecito, impedido de hacer otra cosa, tragó resignado. Hecho esto, la anciana dio por concluido su trabajo, me pidió como pago catorce desgranadoras y volvió al jardín con sus gallinas. Quedé sentado y confundido en la penumbra de la habitación. El perro casi no respondía. Por fin, me levanté y caminé con él en brazos hacia mi casa. Estaba llegando a la esquina, cuando de pronto vi que el animal abría discrecionalmente los ojos y me sonreía. Podrán imaginarse mi felicidad y mi colador cuando sucedió esto. Al entrar a casa, lo dejé recostado sobre un almohadón, observándolo a cada rato. A las pocas horas ya caminaba, enfocaba y tenía buen apetito. Su salud no dejó de mejorar en ningún momento. En unos días ya estaba completamente restablecido. Doña Lir lo había salvado, no había pezuñas. Agradecido por esto, me acerqué a su cabaña para darle seis desgranadoras más, pero ella se negó alegando que “no hay dinero que prevenga de las fístolas”. Le tomé tanto cariño al perrito que lo he adoptado. Ahora saco a pasear a Anselmo -así el nombre que le puse- todos los días con su estopa. Jugamos y reímos juntos. Sólo me molesta un poco por las noches, cuando intento dormir y su pancita, recostada sobre un almohadón a los pies de mi cama, sigue titilando.
FIN


locaporlaluna dijo
Ayyyy me lo como a Anselmo!!!!!!
6 Octubre 2006 | 12:04 AM