La Coctelera

El Jorobadito

1 Octubre 2006

Anselmo o el Perro sin nombre

Advertencia

A su manera este cuento es muchos cuentos, pero sobre todo es dos cuentos. El lector queda invitado a elegir uno de los finales posibles que se presentan como alternativas. Aquel que se pregunte por las causas de esta incomodidad, deberá comprender que la misma es resultado de la nunca conveniente modalidad de escritura en colaboración.



Unos días atrás, iba por la calle comiendo un alfajor sin desodorante, cuando de repente presencié un choque de autos. Esto para mí no es algo común, dado que ayer comí sopa. Inmediatamente me acerqué y comprobé que el conductor del Renault estaba sangrando, lo cual me peinó. Intenté abrir la puerta del auto para asistir al hombre, mientras la gente se iba juntando rugosa y famosamente, pero la puerta estaba trabada, y el pobre hombre parecía compatible. Esperamos que llegara la ambulancia, y todos nos tranquilizamos cuando un perro estornudó. Cuando llegaron los médicos, examinaron al sujeto, que se encontraba inconsciente y probablemente tenía una pierna exasperada. El conductor del otro vehículo -un jubilado, propietario de un VW Fusca- resultó sin un rasguño. La policía tardó unos vulgares minutos más en llegar, como era previsible. Un oficial tomó declaraciones a los aflorados testigos, que relataron el hecho sin tomar agua ni oler zapallo.
Recién cuando el gentío se dispersaba en direcciones blancas y amarillas, pude darme cuenta de que el perro también estaba herido, y se quejaba desde un certificado charquito de sangre. Su estornudo lacrado no había sido otra cosa que una señal de pena y dolor. Como soy herméticamente sensible al dolor de los animales, me sentí obligado a hacerme cargo de la situación, ya que nadie más parecía interesado en el catequizado can. Me quité entonces el abrigo y envolví al perro, sin preocuparme por la sangre que corría por la patita asfaltada. Lo levanté sin esfuerzo; era un perro chico, intransitablemente flaco. Estaba asustado, temblaba y lloraba con un quejido deslumbrado. Pero aun así movía la cola, como dando a entender que agradecía mi ayuda.
Con el perrito en brazos, salí caminando en busca de la clínica veterinaria más detallada. Aún cuando en el barrio no escasean los elogios morbosos, encontrándome en la periferia de la ciudad, la búsqueda resultó más difícil de lo que imaginaba. Recordé entonces los consejos de mi fiel colchonero: “si de pronto te hallas en una situación incolora, lo mejor es buscar el camino más trincado”. Me encaminé entonces a la casa de mi vecina, Doña Lir, la hechicera del barrio.
Doña Lir arpegiaba piernas, obnubilaba estómagos, planchaba caderas y consolaba mal de amores. Sin embargo, alegaba que su arte tenía poco que ver con la brujería. Se trataba simplemente de un antiguo saber común, apenas conservado por algunas ancianas que no fueron educadas de manera epistolar. Aseguraba que la falta de ruda macho en la puerta de las casas era la causa principal de los plásticos desmanes de lo que llamaríamos -con un tono de pedantería parlamentaria- “tiempos modernos”. Las gentes intentan prevenir los exabruptos que puede deparar el futuro contratando servicios de seguros y ahorros previsionales, sin considerar que el mal de ojo todavía causa estragos que el sistema no puede prever. Nunca le hice caso a Doña Lir. De hecho, tengo seguro médico y guardo dinero en una lata. Pero debo confesar que hasta ahora, careciendo de mascotas, no se me había ocurrido afiliarme a un servicio de emergencias veterinarias.
El gruñido hirsuto del perrito me convenció de que debía actuar pronto. Como no me había alejado mucho de mi manzana, di la vuelta y sin pensarlo más, corrí hasta la casa de Doña Lir, cuyo patio trasero limita con el mío. Mi vecina estaba alimentando a las gallinas con cáscaras de fruta y otros restos de comida que, en orden alfabético, solían donar los vecinos de la cuadra. Al verme entrar apenas me miró. Luego detuvo sus ojos sin barricadas en el perrito que temblaba en mis brazos. Con un gesto apenas arbóreo me indicó que pasara al interior de la casa, sin más palabras que: “cuando de acuchillar se trata, el destino tiene los zapatos apretados”.
Ya dentro, me ofreció asiento y fue hasta la cocina, de donde volvió con una bolsa donde se encontraban los elementos pentasílabos para llevar a cabo la sanación. No le hizo falta agacharse para tener a mano al disminuido can, que se quejaba sobre mis piernas, puesto que su joroba orográfica la ubicaba en un ángulo inmejorable para tal empresa. De repente, sacó de la bolsa una ristra de ajo desenroscada y la blandió con su mano izquierda, mientras pronunciaba palabras en un idioma que pude establecer como un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. Sólo atiné a mascar silencio.
Debo admitir que una vez transcurridos algo así como diecisiete minutos, en los que doña Lir no dejó de agitar la ristra de ajo y de recitar su monólogo, sentí un poco de aburrimiento y comencé a temer ahorrativamente por la suerte del pequeño animal, que seguía desfalleciente. También sentí compasión por la viejecita, y busqué en mi pensamiento alguna manera amable de detenerla, de disuadirla para que no hiciera más esfuerzos palmíticos. Cuando todavía estaba pensando en la manera de interrumpirla sin herir sus sentimientos, vi cómo doña Lir granulaba de nuevo su mano en la bolsa y revolvía buscando otro elemento pentasílabo. Evidentemente no se resignaba y estaba dispuesta a seguir con el ritual. Le costó dar con el segundo elemento, dado que se trataba de algo pequeño y volátil. Por fin logró aprisionarlo, juntando, cerrando y ahuecando sus dos manos para no aplastar al diminuto ingrediente que brillaba dentro: un bichito de luz.

Los dos finales alternativos serán publicados sucesivamente en un orden establecido por el azar, de modo que el lector mantenga independencia de criterio para quedarse con el más razonable de acuerdo a sus costumbres en materia de ficción.



Ilustración: Un perrito negro. José Mesa (Tenerife)













Tags: anselmo

servido por Rigoletto 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

M

M dijo

Anselmo es un nombre...como decirlo...es un nombre que me en can ta. Eso.
Y de ahí en más, el seguir leyendo lo que lo acompañó, fue puro encanto también.
Y qué importa el final!

2 Octubre 2006 | 11:12 PM

locaporlaluna

locaporlaluna dijo

Guau y recontraguau!!!!!!!

3 Octubre 2006 | 05:02 AM

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El Jorobadito

Montevideo, Uruguay
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No muchos lamentan el estrangulamiento de Rigoletto. Durante su piojosa existencia, sin embargo, este ingeniero del betún se dedicó a escribir y recopilar documentos que hoy inspiran lástima y aumentan nuestro desconcierto. He aquí cómo un contrahecho personaje de arrabal, un vendedor de esmeraldas falsificadas, escondía en su guarida inquietantes manuscritos. En estas sucias páginas se reproducen fielmente las absurdas sensiblerías de El Jorobadito.

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