Carta de Rigoletto a un editor
Sr. Director de la
Editorial Asteroide
Lic. Pablo Leiva:
me dirijo a Ud. en respuesta a la carta fechada el día 13 de septiembre, en la que me hace saber que mi cuento "Natalia y Ermenegildo" fue seleccionado para participar en la antología "Homenaje a Horacio Quiroga".
En primer lugar, le agradezco sinceramente el reconocimiento. Se trata de la primera vez que una obra escrita por mí es tenida en cuenta dentro del ambiente literario. En tal sentido, significa un fuerte incentivo para continuar escribiendo y, al mismo tiempo, para empezar a considerar el universo de las letras como un destino a seguir.
Ahora bien; tengo un problema. Al llegar al tercer párrafo de su extensa carta, y obnubilado por la emoción del triunfo, casi ni noté que el texto comenzaba a poblarse de términos tales como "edición cooperativa", "colaboración", "$360", "American Express" y demás. Yo sólo leía en voz alta y sonreía a mi novia, como invitándola a admirarme y a quererme un poquito más. Cierto es que ella me quiere, pero Ud. sabe, a veces los hombres somos así. El caso es que, mientras yo leía como cantando, recostado en la musicalidad que la alegría da a las palabras, sin importarme el contenido semántico del texto, de repente vi que un gesto extraño e incómodo invadía su rostro.
No entendí bien, aunque ella luego trató de explicármelo. Algo similar ocurrió cuando llevé la carta a mi madre, a un amigo y a mi jefe, un tipo comprensivo que siempre me alienta a escribir. El gesto, permítame que se lo describa, consistía en una pequeña sonrisa de labios cerrados, acompañada de párpados semicaídos y cejas levantadas, algo que me recordaba una mezcla de simpatía y piedad.
Inútil fue tratar de convencerles, aliándome con Ud., de que es lógico y nada caro el monto que se me pide, de que es una chance única para mí esta publicación, de que en verdad he sido favorecido con la gracia de la trascendencia pública, y de que, si no pongo billete tras billete, me perderé la incomparable oportunidad de ser premiado con la soberbia medalla de oro, o con la elegante plata, o con el incorrompible bronce, o, tal vez, con una digna mención.
Inútil. Y admito que no era del todo por cariño hacia Ud. que yo lo hacía. No. Tampoco por afinidad intelectual. Más bien, se trataba, como ya adivinará, de un intento egoísta de autoafirmación, de una manera desesperada de justificarme.
Pasé una o dos, o tal vez ninguna noche cavilando sobre el asunto. El pesimismo pobló mi entendimiento. Las iras y las ambiciones se engendraban para luego ceder y volver a engendrarse. "¡Trescientos sesenta pesos!", gritaban mis sueños diabólicos. "¡Veinticuatro ejemplares a cambio!", respondían mis angelitos oníricos. "Sólo seis páginas perdidas entre cuatrocientas", protestaban unos; "tapas a todo color, con solapa y folios cosidos", declamaban los otros.
Por fin, como siempre ocurre, triunfó el Mal. Me desperté esta mañana decidido a escribirle una catarata de razones en duros términos. Prendí la computadora, me calcé mis gafas malévolas y me dispuse a soltarle todo mi odio, todo el rencor que arrastro desde mi oscura infancia, toda la rabia que el mundo y los seres humanos me generan, toda mi decepción por las guerras, el hambre y la explotación, todo mi desengaño por este dios que no da señales de existencia. Estuve a punto, Pablo, se lo juro. Ahora entiendo que Ud. no es el culpable de tantos crímenes e inequidades, pero, ay, en ese momento... Ud. sabe; vos sabés, Pablito.
Afortunadamente, luego de escribir el encabezado me dieron ganas de orinar. A regañadientes fui hasta el inodoro y me resigné a mis necesidades mundanas. Fue ése un momento extraño: mientras transcurría el arco amarillo y efímero, y se fundía en su extremo con el todo transparente de la cloaca, tuve una curiosa sensación de paz, de ecuanimidad, de reencuentro y comunión con el Universo y con los seres que lo habitan. Luego me dio sed y me preparé un mate cocido con leche. ¡Ah, sí!, entonces sí se aclararon por completo mis ideas. Entonces sí comprendí a mi novia y a mi madre, y también a vos, que sos director de una editorial y ése es tu honrado trabajo, y también a un amigo mío, al que tal vez le dio un poquito de envidia que me seleccionaran. Pero, sobre todo, también me comprendí a mí, y pude serme sincero, y tomar valor para decirte lo que te voy a decir.
Que es esto: Pablo, si verdaderamente valorás el cuento que he presentado, si te parece que aporta algo nuevo a la literatura, o, dicho más humildemente, que encierra una pequeña, una casi imperceptible contribución a todo lo bello que ya se ha escrito; si verdaderamente creés eso, entonces te pido que lo publiques sin cobrarme un centavo. Y si, por el contrario, al leerlo te das cuenta de que en verdad el relato es torpe, descuidado o sencillamente malo, si considerás que no está a la altura de merecer un premio, y te sincerás diciéndote que en realidad sólo me seleccionaste para hacerte de unos pesitos; en ese caso, te pido por favor que no lo publiques y que lo tires a las llamas de una triste chimenea.
Te mando un saludo y un abrazo,
Rigoletto


marta drooker dijo
No hay problema con la chimenea. Si está triste, bueno. Respetemos el libre albedrío de las chimeneas. Si está encendida, OK. Justifica así su existencia. Hasta acá vamos medianamente bien. Ahora me pregunto. Tiene copia, Rigolleto abominable, querido amigo pestilente?. O usté anda dejando escritos a la que te criaste eh?
Ah! Ese Pablito debe pertenecer a una planta que da mucho gajo. Por mis pagos sé que hay brotes de Pablito que lamentablemente florecieron. Vamos,levante el ánimo, Rigo, no me entre en rigo rmortis!
29 Septiembre 2006 | 09:49 PM